miércoles, 8 de diciembre de 2010

El palacio y la choza.


Primera Parte

Cuando cayó la noche y las luces resplandecieron en la gran casa, los sirvientes permanecían de pie junto a la imponente puerta aguardando la llegada de los invitados y sobre sus trajes de terciopelo brillaban dorados botones.
Los magníficos carruajes penetraban en el parque del palacio y con ellos los nobles luciendo despampanantes vestidos y adornados con joyas. Los instrumentos colmaban el aire de agradables melodías mientras los dignatarios bailaban al compás de la apacible música.
A medianoche los más refinados y exquisitos platos fueron servidos en una mesa maravillosa embellecida con flores de las más raras especies. Los concurrentes comieron y bebieron a discreción, hasta que se hizo sentir el efecto del vino.
Al alba, la multitud se dispersó ruidosamente, después de haber pasado una noche de embriaguez y glotonería que apresuró sus cuerpos fatigados hasta sus mullidos lechos, donde se abandonaron a un sueño forzado.


Segunda Parte.

Al atardecer, un hombre vestido con su ropa de trabajo se detuvo ante la puerta de su pequeña casa y llamó a la puerta. Cuando ésta se abrió, entró y saludo cariñosamente a sus ocupantes, y luego fue a sentarse con sus hijos que jugaban junto al fuego. Poco después su esposa tenía lista la comida y todos se sentaron en torno a la mesa de madera para devorar la cena. Cuando terminaron, se reunieron alrededor de la lámpara para hablar de los acontecimientos del día.
Transcurridas las primeras horas de la noche, se abandonaron silenciosamente al Rey del sueño, con un canto de alabanza  y una oración de gratitud en los labios.


Khalil Gibran